Iba a su casa básicamente para que me contara las cosas que mi marido, el rey Alfonso VI, no me contaba.
-¡Pase, pase! Si le apetece, puedo preparar un té. ¿Le apetece?- Me preguntó.
-No, gracias, estoy bien.
Aquel día pude notar que ella estaba bastante nerviosa, cosa que no le había pasado jamás (al menos en mi compañía).
-¿Estás bien?- Le pregunté.
-¡Oh, sí, si, sí! No te preocupes.
-No sé, estás un poco pálida.
-Discúlpeme, pero usted a qué ha venido aquí, ¿a preguntarme cómo estoy, o a que yo le cuente lo que no le dice su marido?- No sabía por qué, pero ahora estaba un poco desagradable.
-Lo siento. Por favor, empieza.- La animé a empezar a contarme todos esos cotilleos que yo aún no sabía. Era curioso el cómo ella se enteraba siempre tan rápido de las cosas; la verdad, ella era un poco maruja.
-Pues, vamos a ver...-empezó-¡Ah, sí! Por favor siéntese, porque creo que esto que esto que la voy a contar va a sorprenderla.
-¿Qué es?
-Bueno, pues, verá... Corre el rumor de que su marido ya no le es fiel.
-¡¿QUÉ?!
-Pues sí, me ha contado que está teniendo relaciones con otra mujer.
No me lo podía creer, ¡mi marido, al que siempre había querido y confiado, no me era fiel!
-Bueno, creo que ya me has contado suficiente, me voy.-Le dije.
-Vale, cuídese.
Me fuí corriendo de aquella casa, mi marido se iba a enterar. Puede que me estuviera volviendo loca, pero quería una venganza, y ya. Estaba yendo camino de palacio, cada vez más rápido, estaba muy agobiada, o enfadada, o las dos cosas. No paraba de pensar en lo que me había dicho Susana.
Empezó a faltarme el aire y... ya, no recuerdo más. Sólo recuerdo que lo ví todo negro, y acto seguido escuché la voz de mi marido.
-¡Constanza! ¡Constanza, despierta!- Abrí los ojos lentamente. Lo veía todo borroso.
-¿Dónde estoy?-Pregunté; estaba desorientada.
-Estás en Palacio, en nuestro dormitorio.
Dejé de verlo todo borroso, hasta que pude saber que quien me hablaba era Alfonso, mi marido. Me levanté rápidamente de la cama.
-¡Tu! ¡Maldito traidor!-Le grité.
-¡¿Pero ahora qué te pasa?!-Me contestó.
Ya no podía tomarme en serio lo que me decía, sólo escuchaba la voz de Susana en mi cabeza, diciendo que él ya no me era fiel. Una lágrima resbaló por mi mejilla.
-¡Te vas a enterar, Alfonso! ¡Juro que me las pagarás!- Y acto segudo rompí en llanto, y me fuí corriendo fuera del palacio; nacesitaba tomar el aire.
No volví a hablarle en lo que quedó de día, y cuando me fui a dormir, medité sobre lo ocurrido.
Pensé que, quizá una venganza no fuera la mejor solución; mejor le convencería de que hiciera el camino de Santiago -una ruta que lleva hasta Santiago de Compostela, donde se encuentran todas las reliquias de Santiago el Mayor-. para poder librarse así de todos sus pecados.
A la mañana siguiente se lo comenté:
-Buenos días.-Le dije.
-Buenos días. ¿Querías algo?
-Bueno, sólo quería preguntarte si tenías ganas de recorrer el Camino de Santiago.
-¿Y eso a qué se debe?
-Dicen que en la Iglesia de El Salvador está el Beato de Liébana, el libro que narra lo que pasará cuando llegue el Apocalipsis, y me gustaría que lo llevaras a un lugar más seguro. Además, ese lugar es muy famoso porque contiene El Arca Santa, donde están las reliquias de Jesús y de María.
-Sí, es buena idea. Supongo que quieres que lo haga para protegerlo de los musulmanes, ¿no?
-Exacto.
-¿Y qué sitio tenías pensado?
-Había pensado que sería buena idea llevarlo a la catedral de Santiago de Compostela.
-¡Sí, buena idea! El traslado se llevará a cabo mañana.
-Me parece bien.
Beato de Liébana
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