Estuve esperando su carta durante días, semanas e incluso meses, pero no llegó. Cada día que pasaba estaba más deprimida, y también noté tristeza en la cara de mi hija.
Un día, me levanté, me vestí y bajé a dasayunar, con ganas de llorar. Hice un gran esfuerzo por comer algo, pero no tenía hambre.
Después de desayunar me fuí a dar un paseo. Pude observar como la hierba estaba más verde, y algunos árboles estaban empezando a echar flores, símbolo de que ya había empezado la primavera.
Después de comer (que no comí nada debido a la ausencia de apetito), me fui a mi dormitorio, para dormir un poco. No sabía por qué, pero estaba tan cansada que casi no podía ni moverme, pero tampoco podía dormir. No me quedó más remedio que quedarme tumbada en mi lecho, mirando la pared.
Justo en ese momento, por primera vez en todo el día, me había entrado un poco de hambre. Fui a la cocina para comerme una manzana.
Salí a la calle, para ver el atardecer. Entonces, escuché unos pasos.
-¡Señora! ¡Señora!
Allí estaba mi mensajero, corriendo hacia mí, con lo que parecía ser una carta en la mano. Pensé que podría ser de Alfonso, de modo que me acerqué a él lo más rápido que pude.
-¡Dame la carta! ¡Por favor, dámela!
-Aquí tiene.-Me dio la carta.
-Muchas gracias. ¿No sabrás, por casualidad, por qué ha tardado tanto en contestarme, verdad?
-No, no lo sé. Lo siento.
-No pasa nada.
Me fui corriendo a mi dormitorio. Como ya se había hecho de noche, encendí una vela para poder ver mejor lo que Alfonso me había escrito.
"Querida Constanza,
Siento mucho haber tardado tanto en contestar a tu carta. Me han pasado muchas cosas.
Verás, cuando salí de la Iglesia de El Salvador con el Beato, para llevarlo a la catedral de Santiago de Compostela, vino un hombre, y me robó el Beato. Yo intenté seguirle, pero él era más rápido que yo. Cuando le perdí de vista, le pedí al mensajero que te comunicara lo ocurrido, para que lo supieras. Como es muy olvidadizo, saguramente no te lo ha dicho.
Pero, a lo que iba; cuando le perdí de vista, pensé que no podría hacer nada para salvarlo, así que seguí caminando. Haré lo que haga falta para recuperar el Beato.
Hasta entonces,
Alfonso VI."
Me puse muy furiosa, ¡¿cómo podía haber dejado que le robaran el Beato?!
Decidí salir a tomar un poco el aire. Me puse mi túnica, para que la gente no me reconociera, y salí.
Estaba tan tranquilamente dando mi paseo nocturno cue¡ando, de repente, se cruzó en mi camino un hombre un poco misterioso con una bolsa. La bolsa era grande, de modo que deduje que tendría que llevar algo de gran tamaño ahí dentro.
Me pareció un poco sospechoso, de modo que le saguí. Él se metió en una casa que parecía abandonada, y abrió su gran bolsa.
Yo le miraba desde la ventana.
Entonces, sacó un libro, no conseguía distinguirlo bien con la oscuridad de la noche, pero su portada me resultaba muy familiar.
Entonces, encendió una vela, y se sentó en el suelo, dispuesto a leer el libro.
Gracias a la luz de la vela pude distinguir mejor aquel libro. Estaba segura de que lo había visto antes, en alguna parte...
Entonces, me di cuenta; ¡aquel libro era el Beato!
Entré en la casa, sin miedo de lo que pudiera pasar. El hombre se levantó, y rápidamente guardó el libro en la blsa.
-¡Dame el libro!-Le grité.
-¿Y usted quién se ha creído que es para hablarme de ese modo?
Me quité la túnica, para que pudiera verme, y le dije.
-Constanza de Borgoña, Reina de León.
En ese momento, aquel muchacho se quedó petrificado.
-¿Co-cómo ha dicho?-Tartamudeó.
-Lo que has oído. Ahora te pido por favor que me des el libro que llevas en esa bolsa.
-Y usted, ¿para qué lo quiere?
-Es el Beato de Liébana, el libro que narra lo que pasará cuando llegue el Apocalipsis
-Ya lo sé, no hace falta que me lo diga. Se lo compré a un hombre, soy comerciante, aunque por su cara diría que aquella persona era...
-¡Un ladrón!-Le interrumpí.
-Exactamente, ¿cómo lo has sabido?- Me preguntó, extrañado.
--A quien se lo robó fue a mi marido, Alfonso VI, Rey de León y de Castilla.
-Vaya, no tenía ni idea... ¡Pero aún así no se lo pienso devolver!-Me gritó, y se fue corriendo de la casa, dejándome a mí sola con la vela, aún encendida.
Al menos, en ese corto período de tiempo, conseguí averiguar una cosa: aquel hombre iba a recorrer el Camino de Santiago, por la vieira que llevaba en su bastón.
Rápidamente, volví a Palacio, para escribirle una carta a mi marido para hablarle sobre lo ocurrido.
"Querido Alfonso,
Gracias por tu carta, gracias a ella he conseguido averiguar muchas cosas. Hoy he visto a un hombre, ¡con el Beato de Liébana! He intentado que me lo diera, pero salió del pueblo a todo correr.
He conseguido averiguar que es comerciante, y que le compró el Beato al ladrón que te lo robó. También sé que va a hacer el Camino de Santiago, porque llevaba una vieira colgando de su bastón. Me gustaría aprovechar que tú también lo estás haciendo para pedirte si podrías seguirle la pista. No te pido que en cuanto le veas le quites el Beato y después te vengas a casa corriendo, te pido si puedes seguirle, nada más, ya le quitarás el libro en el momento indicado.
Atentamente,
Constanza de Borgoña."